Periodismo en tiempos de fundamentalismo y de incertidumbre
Esto será difícil porque estoy agradecida, conmovida, abrumada y asustada. Todo al mismo tiempo.
Intentaré ser breve, pero creo que es buen momento para compartir un par de ideas sobre nuestro oficio. Antes de ello un reconocimiento al Premio Simón Bolívar que cumple 50 años y es una institución que respetamos en el gremio. Gracias.
Este premio es el logro de una mujer. Una mujer que dedicó su vida al cuidado y a sacar a siete hijos adelante, una que batalló contra todo para cumplir su meta y que como abuela siguió criando nietos para apoyar a sus hijas porque quiso un destino diferente para nosotras. Es un logro de ella, de doña Rosalba. Soy su hija y el resultado de su esfuerzo y su trabajo. Fue ella la que me enseñó sobre ética. Es un logro de ella y de las redes de personas que me han cuidado, la mayoría mujeres. Sin las personas que cuidan, el mundo se detiene. Por eso comparto el premio con mi red de cuidado: con Angelita y con mi tocaya Yolanda, dos mujeres que con su trabajo me han cuidado con amor. Lo comparto con mis hermanas, y mi familia toda, con mi hija Manuela que es mi mayor orgullo, con Eduardo mi amigo de siempre y mi pareja en esta etapa de la vida con quien tenemos una familia multiespecie. A veces hay que refugiarse en los animales para tener a mano la nobleza. Lo comparto con mis pocos amigos del alma que están aquí y que son parte de esa red de afectos que me sostiene cuando el trabajo pesa.
Intentar hacer periodismo responsable es un ejercicio de resistencia pacífica. Y eso cuesta, agota, mina las fuerzas y muchas veces es una tarea invisible y abrumadora. Hace 10 años, cuando el jurado del Premio Simón Bolívar de ese momento tuvo la deferencia de concederme el premio a periodista del año, en medio de muchos mensajes afectuosos, alguien en la red X, Twitter en aquella época, citó el rating y se preguntó “¿Y esa a quién le ha ganado como para que la premien?”. Esa crítica me interpeló porque en silencio me había hecho la pregunta: ¿Por qué a mí? Y como estoy convencida de que las críticas y los insultos nos ayudan a pensar mucho más que los elogios, reflexioné en ese momento sobre un premio, sobre el éxito y el sentido de mi trabajo. Nunca me había planteado este oficio en términos de una carrera para ganarle a alguien. Creo que el periodismo es un servicio público. Hacerlo bien es la meta y con mucha frecuencia eso no se ve, no le gana a nadie, no se premia. Ese año unos colegas en el jurado vieron el valor del trabajo que hacíamos sin ganarle a nadie.
A lo largo de los 40 años que cumplo en el oficio, he trabajado bajo una premisa: Hacer periodismo con ética y responsabilidad. A pesar de los muchos errores y las dificultades es lo que me ha guiado en mis tiempos de reportera y cuando estuve al frente de equipos grandes o pequeños. Mi trabajo ha sido posible porque además de mis redes de afecto hay colegas que creyeron en esta idea y me acompañaron en la resistencia aún cuando todo estaba en contra.
Comparto hoy este Premio con esos colegas y con los miles más que hacen periodismo sin pergaminos, los de a pie, los reporteros que se levantan al alba y duermen poco, comen mal y tienen fe en el oficio. Son los que se paran durante horas a esperar lo que tiene por decir una fuente, los que reciben un dato y pasan horas o días confirmando su veracidad, los que viven en medio de la guerra y hacen periodismo con los armados respirando en la nuca, algunos que reciben pago por nota y si no la publican no reciben nada. Esta sociedad tiene inmensos pendientes de equidad con ellos. Cada uno hace un trabajo que vale mucho porque de eso depende que podamos saber lo que pasa cada día con la certeza que solamente da el periodismo responsable. Un periodismo necesario en el que se puede confiar aunque no siempre acapare reflectores.
Este trabajo, reitero, es un ejercicio de resistencia pacífica porque nos obliga a ser veedores de todos los poderes. Y todos, absolutamente todos los poderes, quieren en algún momento interferir con la información. Incomodar es parte de nuestra tarea, como preguntar y cuestionar. Nos corresponde contar lo que pasa tratando de estar lo más cerca posible de los hechos y lo más lejos posible de nuestros prejuicios. Ser veedores de los poderes no significa, como pasa a veces, elegir a uno para fiscalizar y mirar para otro lado frente a lo que hacen los otros. El periodismo nos obliga a mirar con ojo crítico a todos: al Gobierno, al Congreso, al poder judicial, al poder económico, a los poderes ilegales, a quienes ejercen la oposición y a ese poder que emergió de la mano de las nuevas tecnologías: el poder del algoritmo y el de las audiencias reales o ficticias porque no todo el que insulta o aplaude desde una red es un ciudadano. A veces es un fantasma que ayuda a inflar egos o a destruir personas. También ahí tenemos que resistir.
Nuestro trabajo no es complacer auditorios ni ganar aplausos. Con frecuencia la resistencia consiste en ofrecer a la sociedad lo que necesita saber y no lo que quiere saber. Por eso es tan peligroso cuando para un periodista se convierte en prioritario buscar el “me gusta” y no buscar la verdad. Es posible que aquello que hacemos no le guste a la audiencia, pero si es lo que se debe saber lo debemos informar.
No soy una mujer mayor añorando viejos tiempos. Soy una mujer mayor con cuenta en Youtube, X, Instagram, Facebook, Tiktok, y hago un podcast que se llama Menopáusicas ¡y que! porque estos también son mis tiempos y el periodismo se hace hoy desde plataformas digitales. No me mueve entonces la nostalgia. La era digital llegó para quedarse y la pregunta es ¿qué hacemos con ella? La debemos usar sin perder el sentido supremo de nuestro oficio. Las formas y plataformas pueden cambiar, pero el buen periodismo se hace con rigor y responsabilidad en un reel, en una investigación, en un documental o en un podcast. No importa la plataforma, importa lo que hacemos y cómo lo hacemos. No podemos rendirnos ante el algoritmo. Veo que se enseña en las escuelas de periodismo digital o en los talleres que proliferan en redes cómo subir métricas, como generar tendencias, cómo hacer llamativo un carrusel o una historia, pero poco se habla sobre la rigurosidad y la importancia de no desinformar a la hora de titular para generar un clic. Es como si el objetivo fuera servirle al algoritmo, ese que hoy controla buena parte de nuestras vidas.
El algoritmo elige la ruta para llegar al trabajo, la pareja que nos conviene, los temas de los que se habla, las ideas que son virales. El algoritmo nos dice qué debemos opinar, a quién hay que odiar y por quién debemos votar. El algoritmo, lo sabemos, premia más las peleas que los argumentos y a los periodistas nos corresponde argumentar aunque el mercado no compre razones. Estoy convencida de que una de las múltiples causas que hacen propicio este momento para los liderazgos autoritarios, está en esos algoritmos que promueven los fundamentalismos y nos encierran en burbujas en donde existe la falsa creencia de que pertenecemos al grupo de los buenos -sin importar cuál sea ese grupo- frente a unos malos que son los otros, los enemigos, los malvados. El pensamiento crítico ha perdido terreno. Nada tan revolucionario en estos tiempos como pensar con cabeza propia. La libertad de pensamiento es un derecho de todos los ciudadanos al que se ha ido renunciando poco a poco, pero es una obligación ineludible para un periodista: pensar para entender y poder contar lo que pasa. El fundamentalismo no cabe en este trabajo. Un periodista debe tener la capacidad de ver matices aunque los algoritmos solamente conozcan el lenguaje binario. Un periodista debe dudar por principio porque eso obliga a pensar y a buscar más.
Desconcierta ver a muchos jóvenes colegas con tantas certezas y vanidades, esperando el aplauso de su feudo en redes, midiendo el éxito de su trabajo en las métricas de X o de Instagram, sin pensar en el impacto que su información pueda tener en la vida real de las personas. ¡Hay vida real fuera de las pantallas! Por eso, además de la resistencia contra todos los poderes, tal vez el mayor ejercicio de resistencia de un periodista debe ser frente a la tentación de convertirse en espectáculo alimentado por corazones y pulgares arriba.
En tiempos de desinformación el periodismo debe generar confianza. Nunca había sido tan democrático y extendido el acceso a datos, a información y a la posibilidad de compartir todo tipo de contenidos. La democracia directa en acción. Todos pueden hacerlo. Sin embargo, nunca habíamos tenido tanta dificultad para distinguir la verdad de la mentira. El periodismo, el buen periodismo, debe iluminar, ayudar a entender y decantar en medio de la incertidumbre. En un mundo ideal toda información publicada por periodistas profesionales debería generarnos certezas, como toda información dada por un presidente debería generar certezas, pero ya sabemos, no siempre es así. Las sociedades están cimentadas en la confianza y es grave que se pierda. Algunos están interesados en que se pierda esa confianza en la prensa. Para los líderes autoritarios el periodismo independiente es un peligro, una piedra en el zapato, por eso cazar peleas con la prensa está en el manual de todo populista y aprendiz de autócrata, sin importar en qué orilla esté alineado. Para hacerlo se tiende un manto de duda sobre todos en nuestro oficio.
Frente a ellos resistencia. Y no solo frente a ellos. El periodismo independiente también se para ante el mercado que presiona y empuja porque toca vender, hacer publirreportajes, hacer contenidos que no se noten que son vendidos, que sean orgánicos, que se vean naturales, que no le muestren a la audiencia que es publicidad. Si la transparencia es sinónimo de ética y rigor en periodismo, ¿qué viene siendo esa oscuridad que tanto piden los mercados? ¿Qué tipo de periodismo quieren desarrollar los anunciantes, los vendedores, los dueños de medios? ¿Alguien se pregunta cómo se consiguen las métricas que tanto gustan? El mercado manda, el mercado dice y a pesar de que muchos se rindan a las leyes del mercado se siente la crisis en los medios grandes y en los emprendimientos. Muchos colegas hacen esfuerzos titánicos para sobrevivir con su proyecto pegados a una tabla en mitad de un naufragio.
Necesitamos un periodismo en resistencia cuando la democracia se tambalea, cuando los líderes tóxicos patean normas, hacen guerras y genocidios que retan todo lo que habíamos pactado colectivamente. Como en el coliseo romamo las sociedades aplauden la pena de muerte sin juicio previo, la expulsión de migrantes y la pérdida de derechos adquiridos. Se cancelan ideas y pensamientos, se decretan enemigos que merecen ser eliminados, hay censura y se niegan hechos que vemos ante nuestros ojos porque ya no confiamos ni en nuestros sentidos. Las campañas de propaganda reemplazan las informaciones veraces y la Inteligencia Artificial generativa nos reta de manera desconocidas. En medio de millones de contenidos falsos, distorsionados o reales, el periodismo tiene una obligación ética: informar con rigor, servir a los más vulnerables, contar lo que se quiere silenciar, escuchar a los que no son escuchados. Agradezco a cada persona que me confió su historia, que me permitió asomarme a su vida frente a una grabadora o una cámara o en la privacidad del anonimato porque el miedo impedía ir más allá. Personas reales que me enseñaron el sentido de mi trabajo. Recuerdo a muchas de ellas y en este momento a una mujer en particular sobreviviente de la incursión de un grupo armado que en una frase me relató un infierno: “hicieron lo que quisieron conmigo”. Contar con empatía y respeto su historia me tomó más de 30 años. Hablamos menos de 2 minutos y no la olvido. Las personas detrás de las noticias nos reclaman no perder la humanidad.
Necesitamos un periodismo en resistencia dentro del gremio porque la desconfianza que genera nuestro trabajo en algunos sectores viene también por nuestros pecados. A veces falta rigor con los datos, faltan fuentes que confirmen o contrasten, gana el sesgo, se mezclan información y opinión, o falta contexto y un dato, por cierto que sea, puede desinformar si se saca de contexto. Si a eso se suma el cruce de la línea delgada que separa una postura editorial de una desinformación, debemos reconocer que en algunos casos hay razones para la desconfianza.
Sorprende que en el gremio a veces no se reconozcan esos problemas. Aceptarlos nos permite, como hoy, rendir homenaje a los muchos colegas que hacen trabajos meritorios. Aceptarlos nos permite honrar a los que han dado la vida por hacer su trabajo, a los que se han enfrentado a todos los poderes, a los que han sido hostigados, amenazados, judicializados, desplazados por cumplirle a la sociedad. Tener una mirada autocrítica y entender que, como en todos los gremios, en el nuestro hay faltas, nos permite levantar la bandera de la libertad de prensa no como una manta para tapar malas prácticas de algunos, sino como un activo fundamental en una democracia. Defender la libertad de prensa es defender el derecho de los ciudadanos a tener buena información. Por eso debemos estar abiertos al escrutinio público y entender la diferencia entre una amenaza a la libertad de prensa y una crítica válida por no hacer bien el trabajo. No toda crítica es un ataque. Ni la libertad de prensa es un derecho ilimitado. Eso no significa que se deban alentar las tentaciones censuradoras que no faltan. También hay que resistir cuando alguien quiera establecer en una ley o en un decreto lo que se puede y no se puede informar.
Me muevo entre el temor y el optimismo por el futuro del periodismo. Alegra ver la explosión de ideas y proyectos y el universo de posibilidades que nos abre la tecnología de hoy. Hemos visto y aplaudido en este recinto una muestra de ellos. Buen periodismo sí hay. Ver a muchos jóvenes jugándose la piel y la vida me genera esperanza. También me alivia ver a tantas mujeres en estos últimos tiempos que me piden un abrazo en plena calle porque se sienten interpeladas por la conversación que abrimos en el podcast. Eso le da sentido a tantos años de trabajo.
Me genera temor, sin embargo, que buena parte de la sociedad se informe con titulares reales o ficticios sin distinguir los unos de los otros. Me genera temor que los periodistas no entendamos lo que está en juego en cada noticia, en cada imagen, en cada palabra que publicamos. Me genera temor que los líderes que están minando la democracia por dentro, y los enemigos de libertades y derechos tengan más claro el poder de la comunicación que muchos colegas cuyo trabajo es informar y comunicar. La tarea es inmensa y aunque a veces nos sintamos como quijotes enfrentados a molinos de viento, aunque pensemos que la batalla está perdida, hay que seguir y resistir.
A lo largo de estas 4 décadas de oficio he sentido todas las presiones: El despido de mi primer trabajo por preguntar a un ministro lo que no quería que le preguntaran, la amenaza anónima que mostraba un cadáver destrozado y decía que ese sería mi destino, la llamada furtiva en un amanecer de alguien que nos mandaba callar, la perfilada en las carpetas de inteligencia del Ejército, las batallas con las fuentes. Recuerdo ahora las que tuve con un general y un candidato presidencial que pedían la cabeza de un periodista porque hizo su trabajo. Recuerdo el sobre que alguien quiso deslizar en mi mano cuando comenzaba en este oficio y me enteré de que por aquí también hay corrupción y toca pararse frente a ella.
Sentí la presión de jefes que confundieron periodismo con la comunicación corporativa o ante los anunciantes a quienes no gustaba una nota y amenazaban con la pauta. Resistencia de mujer agredida ante un jefe de prensa de alto nivel que rozó mi mano mientras me decía que me daría chivas si nos hacíamos amigos en una insinuación que era pura violencia de género o el jefe que me manoseó en su oficina en mis primeros años de reportera. He vivido la discriminación salarial por ser mujer y por ser mayor… En 40 años de oficio se vive mucho.
No ha sido fácil mantenerse en resistencia frente a todo. Y tal vez uno de los retos mayores es hacerlo frente a los prejuicios y la adulación. Es fácil ver las amenazas que vienen de afuera. Lo difícil es ver los riesgos para la libertad de prensa que vienen del halago, de la vanidad, del amiguismo y de nuestro ego. Es difícil hacer la resistencia cuando se está tan cerca del poder al punto que te quieren hacer sentir que eres parte del poder. Es difícil lidiar con ese usted no sabe quién soy yo que aflora en la boca de tantos colegas… ese querer saltarse la fila, conseguir prebendas y favores por cuenta de un trabajo que debe servir a la sociedad.
Y ahora me corresponde declararme en resistencia al recibir este premio. En un mundo ideal las empresas privadas no premiarían periodistas y tampoco las entidades del Estado. Nos corresponde ser veedores del poder oficial y del poder económico. Sin embargo, en esta realidad de tantos riesgos para el oficio se agradece el estímulo a las buenas prácticas y el respaldo al esfuerzo individual y colectivo. Recibo este premio con humildad porque tengo el compromiso de que nada va a afectar la independencia de mi trabajo. Así ha pasado con los premios anteriores. Lo recibo porque en 50 años este premio se ha ganado su prestigio y el respeto de nuestro gremio. Gracias al Grupo Bolívar, a los miembros del jurado. Me declaro en resistencia para que la vanidad no me nuble, para no caer en la tentación de creer que ya llegué, que le gané a alguien porque no hay nada qué ganar, para no olvidar quién soy y a quién me debo. Cuando me mire al espejo y me pregunte a mí misma ¿usted no sabe quién soy yo? la respuesta será: soy simplemente una periodista, una como muchas, resistiendo, la hija menor de doña Rosalba, una menopáusica más ¡y qué!
