Sobre lesiones, discapacidad y servicio de salud
Hay funciones de nuestro cuerpo que damos por sentadas y no entendemos la magnitud de su importancia hasta que, por alguna razón, las vemos afectadas. Es ahí cuando se entiende lo que significa poder caminar, ir al baño, vestirse, hacer lo básico en la vida, sin depender de otros. He acompañado en estos días a mi hija en ese proceso de descubrir aquellos procedimientos sencillos, rutinarios y parte del día a día convertidos de repente en tareas complejas por cuenta de la fractura de un tobillo. Perder el soporte en el que nos paramos altera todo y los espacios públicos y privados se convierten en obstáculos mayores porque siguen siendo poco accesibles para personas con una discapacidad temporal o permanente.
Lo primero es el impacto físico y emocional. Es perder parte del control de la propia vida, poner en el centro una lesión que lo altera todo. Luego comenzar a notar toda la logística que se requiere para poder armar lo más básico de la cotidianidad. Dormir es difícil, acomodarse para comer o lavarse los dientes es un operativo. Salir a la calle, acceder a un vehículo, ingresar a un edificio, todo se vuelve complejo y desafiante. No todos los inmuebles tienen accesos para personas con alguna discapacidad. Cuatro o cinco escalones en una entrada se convierten en una montaña cuando se trata de subir con muletas que no se saben manejar. Nadie que no haya tenido que usarlas antes sabrá cómo hacerlo adecuadamente. Se trata de brincar cada peldaño apoyado en esos aparatos que se sienten endebles bajo brazos inexpertos. Hay miedo ante cada paso después de un accidente.
Escribo desde el privilegio de una familia que tiene acceso a salud de calidad y puede cubrir los muchos gastos asociados a un accidente. Aún así, el reto cuando se reduce la movilidad es grande. El dolor, el quiebre repentino en las rutinas, la certeza de que viene una recuperación larga y difícil, el cansancio, los espacios de siempre transformados en obstáculos… todo ello, nos enfrenta con una realidad desconocida. La ciudad se convierte en una trampa permanente, el encierro obligado, la quietud, la necesidad permanente del otro, de los otros.
Por las circunstancias especiales en las que se produjo la lesión de mi hija, ella ha sido examinada por seis médicos distintos porque ha tenido que moverse por diferentes lugares. Cada uno con su estilo y su manera de abordar la consulta. Unos con mayor cuidado frente a la paciente, otros con menos. Me preguntaba lo difícil que puede resultar para alguien tener como trabajo cotidiano enfrentarse al dolor ajeno. Se requiere una dosis de distancia para poder hacerlo, no involucrarse demasiado, pero sí que es importante entender que aquello que para ellos es rutina, para el paciente es el quiebre de su vida cotidiana. Es literalmente un trauma, en el sentido físico y emocional de la palabra. En la sala de urgencias, en la consulta del ortopedista, es un caso más. Sin embargo, para el paciente es dolor, miedo, rabia, preocupación por el futuro, desesperación, ansiedad.
Pensaba en mi trabajo mientras reflexionaba sobre las personas que nos cuidan en el sector salud porque también el periodismo nos lleva con frecuencia a enfrentarnos con el sufrimiento humano. Siempre he creído que la empatía y la capacidad de ver a las personas sobre las que informamos como seres humanos y no simplemente como fuentes o “material de trabajo”, nos ayuda a hacer mejor nuestra tarea. Creo que es lo mismo en el sector de la salud. Y no se llegan a imaginar esos médicos, enfermeras, auxiliares, la diferencia que hacen en la vida de una persona que enfrenta una calamidad, cuando se aproximan a ella con información adecuada, con paciencia, con respeto, con dignidad. Desde aquí expreso mi agradecimiento y reconocimiento para quienes han tenido esa actitud en este momento que vivimos y planteo la necesidad de reflexión a quienes no se tomaron unos minutos para explicar y no vieron a la persona sino a un caso en una lista de pendientes. Hay mucho trabajo y poco personal, hay que tomar distancia, hay que tramitar rápido a los pacientes, pero a veces no se requiere más de un minuto para que la persona enferma o lesionada sienta que de verdad importa.
Y mientras tanto, no perdamos de vista la importancia de esos actos sencillos que nuestro cuerpo nos permite hacer cada día cuando está sano. Llamo también a conversar más como sociedad sobre la necesidad de ser mucho más incluyentes con las personas que enfrentan alguna discapacidad o enfermedad sea temporal o permanente. Estamos lejos todavía de entender que los espacios y escenarios deben estar abiertos para todos.
